Nos dirigíamos sobre las 21:00 de la noche al aeropuerto para recoger a los nuevos médicos que durante 3 semanas nos iban a acompañar en la misión. La carretera desde Kamabai hasta Makeni es un conjunto de baches llenos de agua, en los cuales no puedes apreciar la profundidad del mismo. Después de media hora continuada de movimientos espasmódicos no aptos para personas con problemas cervicales, llegamos a la carretera principal hacia Port Loko.
El camino es recto y se puede mantener una buena media de velocidad. El problema es la cantidad de coches, poda podas, camiones que están parados a ambos lados de la carretera. De tal forma que si hubiese la mala suerte de cruzarte con uno de los camiones cuando estas realizando un adelantamiento,…
Otro de los problemas es el respeto hacia el otro conductor. Pocas veces me he cruzado con un coche que quitara las luces largas cuando te cruzas en su camino. Dentro de esta oscuridad plena que es la selva y dado el alto grado de accidentes de vehículos, quedarte deslumbrado es lo peor que te puede ocurrir en la carretera.
Y de repente aparece un control de la policía de la nada. Te avisan con un cartel donde una calavera advierte del riesgo de saltarte el control y de lo fatal que resultaría no avistar los troncos que se cruzan el medio de la carretera para que regules tu velocidad. Gracias a Dios existen policías que se preocupan por tu seguridad y la de los habitantes de Sierra Leona y no te piden que les des nada, jejeje.
Pero como en todos los caminos, cualquier pisada es peor que la anterior. Entonces llegamos al camino de Port Loko. Es el camino directo al aeropuerto, pero para que os hagáis una idea del piso que tiene el camino, 80 km de carretera, se hacen en aproximadamente 3 horas. Es el camino más complicado que he visto en la vida, ya que, está lleno de grandes charcos que posiblemente cubran por completo la rueda del Prado. Lo bueno es que, si no coges mucha velocidad, los baches casi no se notan, pero creerme que ir en 1ª y en 2ª todo el rato es insoportable.
Y de repente te suceden cosas como la que ahora me dispongo a relataros. Cosas que se reciben como una bofetada y que indirectamente afectan a los que menos tendrían que afectar. Puedes llamarlo incompetencia, pasividad, pasotismo gubernamental, pero la conclusión es la misma. Cuando apenas nos quedaban 10 minutos para llegar al aeropuerto, vemos desde lejos como un camión está volcado en medio del camino. Como consecuencia de ello, otro camión, intentando esquivarle, pasó cerca de él y se quedo completamente varado por el barro. Al ver esta situación, otro camión intentó pasar por el lado contrario, con la mala suerte de quedarse junto con sus compañeros en medio del camino. La visión de aquello era grotesca hasta tal punto que Manuel y yo nos quedamos durante unos minutos únicamente mirando con cara de pasmados. Si en ese momento hubiésemos visto un fantasma, creo que le habría molestado que ninguno de los dos le mostráramos la más mínima curiosidad.
El avión de Guille y Carlos llegaba en media hora, la misma que perdimos intentando pasar por lo alto de un camino sembrado de cacahuetes. En cuanto vimos que nuestro coche podría pasar a formar parte del grupo de camiones y camioneros hasta el momento desconocidos, pero que ahora comenzaban a ser amigos, nos retiramos volviendo sobre nuestros pasos en dirección a Freetown. Teníamos por delante 3 horas hasta llegar a Freetown, al otro lado de la bahía donde se encuentra el aeropuerto de Lungi.
Pero como todo en la vida, siempre hay algo peor. “¿habrá otro entre sí decía, más pobre y mísero que yo? –y cuando volvió la cabeza, halló la respuesta viendo que otro sabio iba cogiendo las hiervas que el arrojó”. Y entonces sucedió, como sucede en los finales inesperados donde gana el malo, que nos dimos cuenta que ninguno de los dos teníamos el móvil de Guillermo y Carlos. Lógicamente empezamos a ponernos nervioso sabiendo que eran las 3:30 de la mañana y que posiblemente, si todo había salido bien, los chicos llevarían esperando en el aeropuerto media hora sin saber que nosotros llegaríamos 3 horas más tarde.
A todo esto se le suma la poca cobertura de los móviles en esta zona. Sobre las 5:00 de la mañana, Inés Parrondo consiguió llamarnos al móvil y entonces fue cuando le contamos de manera efímera que estábamos a 1 horas de llegar a Freetown. Le pasó el número de mi móvil a Guille y se puso en contacto con nosotros. Le dijimos que la única manera de cruzar la bahía era cogiendo el ferri, puesto que el pelícano deja de funcionar en el momento que terminan todos los vuelos. Y así lo hicimos, el ferri salía a las 10:00 y a su llegada a Freetown, ahí estábamos nosotros, con cara de pocos amigos y deseando ver a los nuevos cooperantes de la Misión.
Llegaron sanos y salvos y he de reconocer que estaban muy tranquilos, después de todo lo que pasaría por sus mentes.
Conduje de vuelta y como siempre, el cansancio pudo con todos los ocupantes del coche. Llegamos a la misión a la 13:30 y después de comer me eché, en lo que se podría decir un sueño eterno, salvo por la diferencia que esta eternidad duró apenas 2 horas. Dos maravillosas horas.
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